Sin embargo, para abordar la difícil empresa de definir exactamente un término tan complejo como éste, por la extensa variedad de matices que encierra, habríamos de tener en cuenta que el vocablo e., hasta hoy, viene respondiendo válidamente a cualquiera de estas cinco acepciones: 1) Lugar, edificio o local donde se enseña y aprende. 2) Institución u organismo que tiene por objeto la educación. 3) Conjunto de profesores y alumnos de una misma enseñanza. 4) Diversas concepciones metódicas. 5) Corriente de pensamiento o estilo en la que se agrupan quienes siguen la doctrina teológica, filosófica, literaria, artística, etc., de un maestro. Y hasta podríamos añadir el sentido figurado de lo que alecciona o da experiencia (p. ej., la escuela de la vida, de la desgracia, etcétera). Algunas definiciones de e. han llegado a adquirir carta de naturaleza en tratados pedagógicos. Así, para Alfonso X, es el «estudio o ayuntamiento de maestros e de escolares que es fecho en algún lugar con voluntad e entendimiento de aprender saberes». Para G. Kerschensteiner (v.), es «comunidad moral de trabajo para que cada individuo pueda llegar a la plenitud de que es capaz por su naturaleza». Rufino Blanco la define como «institución social de niños regidos por maestros para la enseñanza primordial». Según Aguayo, es «institución educativa donde, sobre la base de la libertad discretamente regulada, el niño aprende por sí mismo, cultiva los valores y adquiere iniciativa y espontaneidad».
Mas, si volvemos a la acepción etimológica, observamos que el vocablo e. tuvo en su origen un sentido estrictamente intelectual al que, ya en el mundo latino, se añadió cierto contenido social al aportar el significado no sólo de «lugar» donde se enseña y de «doctrina» allí enseñada, sino también de «conjunto» de discípulos que siguen la misma doctrina, y hasta de «corporación» palatina de empleados en un mismo oficio. Estos dos caracteres, intelectual y social, persisten en el lenguaje técnico de hoy al poderse definir la e. como «comunidad de maestros y alumnos dedicada a la educación de éstos por medio de la cultura» (cfr. V. García Hoz, Diccionario de Pedagogía Labor, Barcelona 1964, 361). Esta consideración de la e. como una «comunidad» cobra su sentido más profundo dentro del movimiento de educación personalizada que preconizó desde 1967 en España el citado autor, y cuyo fundamento es la consideración del alumno como persona que, en calidad de tal, es capaz de elegir entre diversas posibilidades que la vida le ofrece para, de acuerdo con estas elecciones, gobernar su vida. En efecto, a la vieja idea de e. como entidad en la cual el maestro habla y el alumno sólo escucha, sustituye la noción de e. como «comunidad en la cual maestros y alumnos aprenden y, cada uno en su propio plano, no sólo realizan determinadas actividades, sino que las ordenan». (Id, Educación personalizada, Madrid 1970, 62). Por supuesto que sigue teniendo vigencia la necesidad de escuchar y atender por parte del alumno, pero en una e. personalizada también el alumno deberá ser escuchado y atendido por el maestro o profesor, lo que, sin duda, enriquecerá a la institución escolar. Quizá esa preocupación por ofrecer campo de actividad a la iniciativa personal del alumno constituya la diferencia fundamental respecto a la e. tradicional. De ahí que, al tener que afrontar el alumno lo desconocido sin el apoyo constante del maestro o profesor, surja la necesidad de investigar, con lo que se introduce de alguna manera en la e., junto al concepto docente, el de «investigación». En este sentido, hoy se habla de la e. como «laboratorio pedagógico» que, al mismo tiempo que educa al escolar, enriquece la personalidad del educador al incrementar no sólo su experiencia humana y profesional, sino también sus conocimientos pedagógicos.
En una rápida y esquemática visión histórica de la e. observamos que la primera institución docente, lo mismo en la civilización oriental (China e India), que en la occidental (Egipto y Grecia), o en la precolombina de los mayas e incas, evidentemente fue la familia. Ésta, al considerarse incapaz de poder transmitir a sus miembros jóvenes los mitos, usos, costumbres, conocimientos y valores intelectuales y morales acumulados con anterioridad, acude primero al pedagogo o magister individual y luego a centros públicos colectivos, tales como la palestra, scole, etc., que constituyen las primeras e. En ellas, la forma más primigenia de docencia es la de maestro único. Aquí el maestro lo es todo; es una e. dogmática (magister dixit) que limita su acción al recinto del aula, desentendida del ambiente local. Desde muy antiguo se observa la dicotomía entre e. instructiva (que presta atención a los contenidos más o menos objetivados) y e. educativa (formación más bien subjetiva y atemperada a creencias y convicciones). Alrededor de ambas finalidades han girado las distintas concepciones de la e. como institución «política» y «social», como vehículo de instrucción y educación «religiosa», etc.
Supuesto el origen predominantemente intelectual de la institución escolar, hasta hace muy poco la e. ha continuado desempeñando diversos cometidos docentes bajo la impronta de dedicación casi exclusiva a la enseñanza que tenía desde tiempo inmemorial. En realidad no tenía por qué hacer otra cosa, dado que se la consideraba como institución subsidiaria y que la misión educativa la cubrían la familia y la sociedad en sus variadas instituciones. Hoy se concibe la e. como institución social, como situación de tránsito entre la vida familiar del muchacho o del joven y la sociedad en todas sus manifestaciones; el aprendizaje que requiere esta incorporación a la comunidad, a la sociedad, lo proporciona precisamente la e.
2. Apertura y condicionamientos de la escuela moderna. Como consecuencia de la actual concepción de la e. (institución social que cubre la situación de tránsito entre la vida familiar y la inserción en la sociedad), por un lado y, por otro, de que hoy la enseñanza está en todas partes (un ejemplo patente de ello nos lo ofrecen los modernos medios de comunicación social), la institución escolar de nuestros días no puede considerarse como una entidad completa y cerrada en sí misma, sino como algo complejo y abierto a otros ámbitos donde transcurra la vida de los escolares. Existe, pues, una «acción educadora de la sociedad». Pero también la e. «educa» a la sociedad, ya sea a través de la acción directa que ejerce sobre sus alumnos, transmisores, a su vez, de esta acción a la familia y a la vida social, ya por la actividad denominada extensión cultural, que alcanza directamente a los adultos y, en general, a todos los miembros de la sociedad. De ahí que esta interacción escuela-sociedad enriquezca extraordinariamente la vida escolar de tal suerte que los tradicionales muros de separación entre e. y sociedad estén hoy desbordados por la idea de que, de alguna forma, la e. se convierte en comunidad y la comunidad en e.
Si la familia y, en general, el ambiente social son los dos puntos de referencia más destacables a la hora de señalar las fuentes de estímulos y las vías de penetración del mundo circundante en la intimidad de la persona para su configuración, habremos de concluir que «la ya vieja idea de institución escolar constituida por estudiantes y profesores ha de ser reemplazada por la más amplia de comunidad educativa en la que la iniciativa y el trabajo personal de los alumnos constituyan el centro de las preocupaciones y en la que el trabajo sea fruto de la convergencia no sólo de las preocupaciones y trabajos de alumnos y profesores, sino también de las preocupaciones, estímulos y posibilidades de las familias y del ambiente social» (V. GARCÍA HOZ, o. c., 69-70).